lunes, 31 de diciembre de 2012

De que sirve...


De que sirve…

De que sirve llorar…

Cuando el barco zarpa, y no puedes parar el subir su ancla.

De que sirve suplicar….

Un perdón no concedido cuando el sacerdote no puede absolverte.

De que sirve amar….

Cuando el amado cierra las puertas de un corazón herido.

De que sirve gritar…

Cuando nadie te escucha rodeado de un tumulto de gente alocada.

De que sirve lamentarse….

Cuando no luchas por lo que quieres y lo dejas escapar

De que sirve vivir….

De que sirve soñar…

De que sirve ilusionar…

De que sirve….

domingo, 30 de diciembre de 2012

Un inicio o un final



La luz entraba por la ventana e iluminaba toda la habitación. Poco a poco me fui despertando. Abrí los ojos y miré al techo. Mi mirada recorrió la estancia intentando ubicarme. Poco a poco vinieron a mi mente la noche anterior. Difícilmente la olvidaría en mucho tiempo. Le escuche respirar y me giré hacia él. Allí estaba Sergio, durmiendo plácidamente. Durante unos minutos le observé. Tan tranquilo, respiración pausada y una leve sonrisa en sus labios.

Por un momento, tuve el impulso de despertarle, de continuar lo que había empezado la noche anterior, pero no lo hice. Disfrute de aquella imagen en silencio, sellándola en mi retina para no olvidarla jamás.

Pasé mi mano suavemente por su pelo negro, acaricié sus mejillas y rocé sus labios con la punta de mis dedos. En mi rostro se dibujó una sonrisa agridulce. Los pensamientos sobre lo que hacer se alborotaban en mi cabeza. Si me vestía y me iba, seguramente no habría una segunda vez. Y si me quedaba me enamoraría de aquel hombre que me había hechizado con su  mirada y su sonrisa, y mas cosas que no era el momento de recordar porque terminaría despertándolo y repitiendo la noche anterior.

Decidí levantarme y sin mover mucho las sábanas me fui retirando, aunque no pude evitar echar un vistazo a lo que había bajo ellas, sonreí picaronamente.

De puntillas por la habitación fui recogiendo mis cosas, estaban esparcidas, los tacones uno en cada esquina, las medias,…. Metí las cosas de cualquier manera y cerré la maleta. Y sin apenas dejar rastro de mí más que en su piel, abrí la puerta y salí de la habitación.

En el ascensor no pude evitar mirar mi reflejo en el espejo, mi rostro tenía un brillo especial y la sonrisa seguía en  mis labios sin desdibujarse. Pero no había vuelta atrás.

El recepcionista entretenido detrás del mostrador ni me miraba, me  acerqué y acerté a decir;

-Un sobre, un folio y un bolígrafo, por favor.

Salí del hotel después de dejar la nota y con la maleta llena de sensaciones contradictorias. Quería quedarme pero no tenía el valor suficiente. Ya sentada al volante decidí iniciar el regreso. Tenía un par de horas para asentar las ideas en soledad.

Según recorría kilómetros la sensación de que me alejaba de mi misma me invadía cada vez más. Era una opresión que  se apoderaba de mi alma. Conduje casi sin prestar atención, ni a la carretera ni a los letreros, mi mente estaba ocupada en otros menesteres.  Después de casi dos horas desperté de mi ensimismamiento y paré el coche.

No estaba en mi cuidad, no eran mis calles, pero todo me era terriblemente familiar. Decidí  arrancar de nuevo. El coche no quería ponerse en marcha.  Era lo que me faltaba. Intento uno, nada. Intento dos, nada. Intento tres, nada….. me impacienté. Baje del coche, encendí un pitillo y busqué calma. No sabía que hacía allí y encima el coche así.

De repente entendí el lugar, las casualidades….

Caminando por la calle venía Sergio, desde lejos me vio. Clavó su mirada en mi, no la apartaba y yo la mantenía. Mi nerviosismo aumentaba y por primera vez sentí las mariposas en el estomago.

A dos metros de mi, entre curiosidad, sorpresa y seguridad me preguntó:

-Qué haces tu aquí?

-Vine para quedarme- balbuceé sin apartar la mirada.

Sonrió con la mirada, se acercó y me besó. Las palabras ya sobraban.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Primera vez.....


Ana llevaba meses nerviosa pensando en aquel encuentro. Nerviosa, impaciente pero anhelosa de llegara el ansiado momento. Estaba temerosa de tenerle enfrente. Aquellos besos furtivos, temblorosos que se habían dado poco tiempo atrás, sólo habían incendiado más una pasión que crecía a cada momento.

Ella no paraba de recordar aquel el  instante que se vieron por primera vez. Se sentía devorada por la mirada de él. Aquellos ojos marrones tan transparentes dejaban ver lo que las palabras no podían ni eran capaces de decir.  Corriente, conexión, unión, feeling…. Tantas sensaciones aun por descubrir.

Su mente no quería despegarse de los recuerdos de aquella tarde de verano, cuando por casualidad premeditada, se encontraron solos uno frente al otro. Ana con una serenidad que ocultaba su gran nerviosismo, sus manos temblorosas y que con fuerza él se las agarró, entrelazándolas con las suyas. El roce de sus dedos.  La miró y sin mediar palabra la besó. Sus labios se acoplaron a la perfección, sus lenguas se buscaban en una sintonía perfecta. Sus brazos la rodearon como queriendo impedir que se escapara. Ana no tenía intención de escaparse de la prisión de aquel calor, de aquel cariño, de aquella pasión.

Se besaban, se miraban, el metía los dedos entre su pelo, acaricia su mejilla. La apretaba contra su cuerpo. Un constante y continuo deseo de darle todos los mimos que no había tenido ocasión de ofrecerle.

Un beso en el cuello que hoy pasado el tiempo un hace que le corra un escalofrío por toda la espalda.  Se sentía como una adolescente en su primera cita con su primer amor.

Se miraron a los ojos un instante, instante en que su corazón quedó  al descubierto y de sus labios brotó un te quiero. A ella se le encogió el estomago y solo atendió a responder; yo también.

Se besaron como si no hubiese mañana. Como si cada beso quisiera demostrar todo lo que habían callado, todo lo que se habían guardado por miedo, por temor. Esos besos eran como una consumación  de los sentimientos que intentaran aplacar. Esos besos que devoraban como si en sus labios hubiese hambre atrasada.

Ana con los ojos cerrados tumbada en cama, sentía los besos como si fuese hoy mismo. Sentía su calor. Su aroma le impregnaba los sentidos. Seguía recordando cada momento como si de una película a cámara lenta se tratase.

Los dos sabían que ese primer encuentro de sus pieles sólo era el principio. Ya no había vuelta atrás. Acababan de pasar aquella línea que ambos tenían tanto temor de cruzar.

Como en todo encuentro, también llegaría la hora de la despedida. Decirse adiós no, simplemente hasta pronto.  Fue duro despegarse de aquel cuerpo deseoso de poseerla, de aquellas manos que se aferraban a las suyas. Pero el tiempo apremiaba y no podían dilatarlo más.

Sus miradas prometieron volver a cruzarse. Y poco a poco fueron poniendo centímetros, metros entre los dos. Cada uno volvió por donde había llegado.

Ahora ella planeaba ese nuevo encuentro. Estar juntos otra vez, sin prisa, solo los dos. Uno para el otro y otro para uno, y decidir que hacer  con lo que ese día había nacido. Ser uno sólo. Entregarse a él en cuerpo en alma y poseer su corazón y su ser.

Aquel día se fue como llegó, como un espejismo pero en el corazón de Ana se había encendido una llama difícil de apagar. Y que ahora simplemente buscaba y conseguiría hacerlo realidad.

martes, 16 de octubre de 2012

Nadie


 

Estaba muerta en vida, sin estar postrada en una cama, sin estar físicamente, si no enferma del alma. Una enfermedad que cada vez se volvía más incurable. Sentía la soledad más absoluta a pesar de estar rodeada de gente. Las lágrimas corrían por sus mejillas sin pestañear ni provocarlas. Volviéndose un acto casi incontrolable. Una agonía incesante, que no se detenía pero iba carcomiendo por dentro todo a su paso. Todo lo convertía en un tormento atroz.

Entró en casa y estaba vacía. Solo sus pasos llenaban el espacio. Ese espacio que poco a poco oprimía más su alma. Sus pesares estaban ocupando todos sus muebles. Los armarios llenos de recuerdos, los cajones llenos de errores, la cómoda guardaba las malas decisiones y por doquier a la gente que había dejado escapar de su vida sin ponerle remedio.

Se miró en el espejo y no se reconoció. Donde quedó su sonrisa? Donde quedo su alegría? Sonde el brillo que desprendían sus ojos antaño?

Todo se perdió por el camino. Cuándo? Difícil recordarlo. Todo se fue torciendo. Minando sus ganas de vivir. Se había metido en un pozo sin fondo del que ahora casi le resultaba imposible salir.

Se sentó en el sofá y el agotamiento le venció. Después de unos minutos se despertó. No fue un sueño reparador, el desasosiego estaba dentro de su ser. Encendió un cigarrillo pero ni así se tranquilizó.

Ya no podía más. El peso que cargaba su espalda era demoledor, le hacía andar encorvado. Sus movimientos se volvían más lentos. Su desanimo crecía por momentos.

No podía seguir así. Lo tenía claro. Nadie le echaría de menos, nadie lloraría su ausencia, nadie le recordaría, nadie, nadie, nadie…. NADIE. Eso era lo más duro. Percatarse de ello fue determinante para tomar la decisión.

Llenó la bañera de agua. Puso música y se desvistió ceremonialmente. Cada cosa en su sitio, perfectamente doblada. Primero un pie después el otro y poco a poco todo el cuerpo.

 Sin hacer ruido se fue apagando. Se fue como había llegado sin que NADIE la echara en falta. Su desvivir dejaba de ser su cárcel, su prisión.  Toda el agua se tiñó de rojo y sus ojos se cerraron despacio para no volver a abrirse jamás

sábado, 15 de septiembre de 2012

Pienso en ti


Pienso en ti….

Y una lágrima recorre mi mejilla

Pienso en ti….

Y se me encoje el alma

Pienso en ti….

Y un nudo en mi garganta

Pienso en ti….

Y los recuerdos me golpean

Pienso en ti….

Y la impotencia me vence

Pienso en ti….

Y tu aroma inunda mis sentidos

Pienso en ti…

A cada instante, a cada segundo

Pienso en ti….

Y mis pensamientos eres tu

Pienso en ti, pienso en ti….

Simplemente pienso en ti….

domingo, 12 de agosto de 2012

Carta a Mamá


Querida mamá:

No se por donde empezar esta carta. Si por preguntarte si te encuentras tranquila, estas bien o si ya has hallado esa paz que siempre buscabas.

Hay tantas cosas que quisiera decirte y que se agolpan en mi garganta que no puedo pronunciarlas. Tantos reproches por hacer, tantas gracias por darte, tantas preguntas sin responder y tantos recuerdos sin olvidar.

Hoy después de años, empiezan a recobrar sentido muchas frases que decías y que cuando era más pequeña no entendía. Muchas enseñanzas que querías que aprendiera y me negaba a aceptar. Ahora todo toma forma. “La experiencia es la madre de la ciencia”; atinabas  a decir. ¡qué razón tenías!

El amor de una madre es incondicional, esa máxima que toda mujer alardea de poseer en ti era una realidad. Siempre estabas ahí, para apoyarme en mis logros, para levantarme en mis caídas, para darme ese empujón cuando el miedo me paralizaba, para reprenderme cuando mis equivocaciones eran evidentes, para hacerme reir cuando la tristeza nublaba mi sonrisa… y mil veces más en las que sin pedírtelo tu sabías que te necesitaba.

Nunca te he dado las gracias por todo lo que has hecho. Gracias, muchas gracias, mamá.

A lo mejor es un poco tarde para ello. O simplemente estoy arrepentida de no decírtelo antes. Pedirte perdón es otra de mis asignaturas pendientes. Si, pedirte perdón por tantas noches en vela, por tantas decepciones que fui acumulando en mi haber, por tantas veces que no supe valorar tus sacrificios, por tantas y tantas veces que no te comprendí. Perdón!

Tú me perdonaste desde el momento en que nací, sabías que sería tu preocupación, tu alegría, tu consuelo y tu tormento, tu añoranza y tu satisfacción, sería siempre y por siempre tu amada hija.

Me gustaría devolverte todo lo que me has dado. Ahora es difícil o casi imposible. Mi meta será mantener el legado de tus enseñanzas,  y transmitirle los mismos valores a tus futuros nietos y que algún día ellos se sientan tan orgullosos de ser hijos míos como yo de serlo tuya.

Sé que desde el lugar que te encuentres seguirás mis pasos, mis tropiezos y mis saltos. Que sin que me percate, retiraras los obstáculos de mi camino y me guiarás por el buen sendero.

Las palabras no alcanzan a describir mi gratitud hacia ti. Siempre estarás en mi recuerdo y en mi memoria. En esos momentos que guardo como felices siempre has estado tú.

Solo me queda decirte algo, que no por falta de sentirlo no he pronunciado más veces, sino por no creerlo necesario fui olvidando la importancia de esas dos palabras: TE QUIERO, mamá.

Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero…. Ahora no me canso de repetirlas. Siempre estarás a  mi lado.

Te quiero y siempre te querré y no te olvido ni te olvidaré

    Tu hija

viernes, 13 de julio de 2012

El ascensor




Hora de irse a casa. No tenía ganas de nada. Era tarde, estaba cansada de andar de aquí para allá. Bajaría en el ascensor, estaba vaga para ir por las escaleras.

Mientras lo esperaba daba cuentas de todo lo que tenía que hacer. La lista la hacía mentalmente, pensando que algo quedaba pendiente; recoger el traje de la tintorería, pasar por el super, pasarme por correos…En el pasillo no se oía nada más que mis pensamientos rebotando en las paredes.

El ascensor no tardó. Me metí dentro, pulse el  -1. La puerta se cerró y escuché el ruido del motor poniéndose en marcha. Como de costumbre no pude evitar mirarme en el espejo. Retocarme el pelo. Fijarme en mis ojeras pronunciadas por falta de descanso de las últimas semanas. Un estruendo me sacó de mis meditaciones.

De repente, se había parado. No me lo podía creer. Instintivamente empecé a tocar todos los botones, como si eso ayudara a ponerse en marcha. Ninguno respondía.

Chillé. Llamaba a voces al silencio. Pedía ayuda. Gritaba  que estaba atrapada. Nada. Nada se escuchaba.

Rebusqué en el bolso. Con los nervios no encontraba el móvil. Mierda! Nada de cobertura. Cobertura cero. Era increíble. Y por encima, solo me quedaba mitad de la batería.

Me senté en el suelo e intentando ordenar en mi cabeza lo que estaba pasando. La desesperación se apoderaba de mi, no podía dejarme controlar por el miedo. ¿Miedo a qué?. Estaba sola, encerrada en un ascensor, en un edificio que se antojaba vacío. Acompañada por el silencio interrumpido por el crujir de la madera y demás ruidos sin identificar.

Alguien tendría que aparecer tarde o temprano, pero allí metida me estaba pareciendo demasiado tarde.

Jugueteaba con el móvil en la mano. No podía usarlo para nada, sin batería, sin cobertura. Quería estar ocupada. Hacía calor, sentía sudores, me faltaba el aire. No me gustan, ni me gustaban, ni me gustaran los sitios cerrados.

Me incorporé. Empecé a pasear. Un pie delante, después el otro, y así uno y otra vez. Recorrí el minúsculo  habitáculo. No sé cuantas vueltas di.

De nuevo, me senté. Observé detenidamente las paredes, cada centímetro del espejo, cada mancha, cada huella, cada reflejo. Cada botón, cada luz, cada rayazo en el metal.

Como deseaba que pasara el tiempo. Caprichoso tiempo que parecía detenerse aún más. Caminaba despacio, haciendo pausas eternas entre segundo y segundo.

Necesitaba tener la mente ocupada. Palabras encadenadas. No funcionaba.

No sé cómo, pero me puse a canturrear, tararear. ¿Qué canción?. Varias, cualquiera con estribillo pegadizo que rescataba del recuerdo.

Poco a poco me venció el sopor. Debí de cerrar los ojos. Oí voces que mi subconsciente las mezclaba como parte del sueño. Tardé en reaccionar. Instintivamente empecé a aporrear la puerta. Un poco de escandalo no vendría mal para que me escucharan.

Después de un intercambio de voceríos y gritos varios consiguieron dar conmigo. Ahora el tiempo transcurrí más deprisa. Por fin iba a salir de allí.