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sábado, 9 de enero de 2016

Volver

Se descalzó  y empezó a caminar por la carretera. El asfalto estaba caliente. Era una sensación  agradable y al mismo tiempo un poco incomoda. A Marta le gustaba sentir la tierra, el suelo. Su debilidad caminar descalza.
Sus zapatillas en su mano, y una sonrisa en sus labios, y un paso tras otro. Por unos instantes era libre. Su pensamiento no existía,  estaba disfrutando del momento. Miraba el paisaje, las montañas, las casa. Las observaba cómo si nunca los hubiera visto. Era su pueblo donde había crecido, donde había nacido, y de donde había huido.
Todo parecía tener un color diferente, una luz distinta. Miraba a su alrededor con ojos de niña que descubre un nuevo lugar.
Marta caminaba sin destino, sin rumbo. Era un paseo por los recuerdos, por encontrarse de nuevo.
No recordó cruzarse con nadie, aunque tiempo después  las murmuraciones de sus vecinos, le demostrarían que había sido vista y observada. 
Habían pasado años desde que se había ido de aquel pueblo, al que hoy volvía a caminar por sus calles, por sus carreteras. Entro en la plaza del pueblo, descalza,  con las zapatillas en la mano. Se sentó en un banco y miró sus pies. Estaban sucios. La fuente enfrente de ella, le invitaban a que los lavara, dudó.  Finalmente aceptó los convencionalismos, se lavó  los pies y se puso las zapatillas. Y se volvió a sentarse en el banco. Y esta vez se preguntó..
Marta por que has vuelto?

domingo, 22 de septiembre de 2013

Hasta vernos.....


Ahí estas, tranquilo, me miras sin decir palabra y tus ojos me acaban contando mil y una historia calladas. Para que decir más?¡

Estas a punto de partir. No tienes billete de vida, y de vuelta menos. No sabes si tardaras unas horas, tal vez un día, como mucho una semana. Pero tu marcha está próxima.

Verte despojado de todo miedo, de todo temor. Me transmites serenidad y al mismo tiempo una profunda tristeza me invade.  No quieres verme asi, intento ocultar mis emociones. No es el momento para ello, ya podré mas tarde.

No necesito decírtelo, pero lo sabes; eras mi oasis en este desierto de arenas cambiantes. Eras mi isla en este océano lleno de tiburones disfrazados de peces de colores.

Siempre supiste hacerme sentir “guapa”, no por fuera sino por dentro. Me diste fuerza cuando flaqueaban las mismas, empujones de realidad cuando creía en la fantasía infantil.

Desde que llegué, conseguiste darme un sitio donde fuese libre y lograse ser yo misma. Donde oir y ser oída. Donde hablar  y escuchar tus historias.

Me regalaste momentos especiales, recuerdos que recobraré y seguirás estando junto a mi.

Sabía que te irías pronto, que no demorarías tu partida. Estaba avisada. Y ahora que tus maletas están vacías de objetos y llenas de instantes, sensaciones y experiencias vividas, tu marcha es decisiva y sin vuelta atrás.

Mas que nunca me cuesta despedirme de ti, decirte adiós.

Te recordaré con una sonrisa, a pesar de que una lágrima recorra mi mejilla. Y no, no te diré adiós, te diré hasta vernos, porque donde vayas sé que seguirás mirándome, viendo las huellas de mi pisadas. Me guiaras por los cruces del camino, donde me equivocaré y acertaré, ambas cosas o ninguna a la vez.  

Espero que el viaje sea agradable, aunque los dos sabemos que con alguna turbulencia de más.

Gracias, por cruzarte conmigo.

Hasta vernos.

miércoles, 20 de marzo de 2013

La gabardina


El año había empezado bien. Mario me sorprendía cada día. Yo lo intentaba pero siempre me superaba. Que malo era conocerse! Sabía mis gustos, mis debilidades, era un libro abierto que a él le encantaba leer.

Llevaba días pensando en la manera de sorprenderle yo, pero nada, no se me ocurría ninguna idea.

Antes de irse a trabajar, se acercó y me dio un beso casto en la frente para no despertarme. Era sábado y no tenía que madrugar. Las sabanas se me pegaban y la remolona me hice. Disfruté de la cama para mi sola.

Me levanté a las mil. Subí a la cocina y puse el café.  El olor embriagaba toda la casa. Me serví una taza y bajé al salón. Encendí la tele y disfruté del café caliente. Mando en mana hice zapping. Aproveché que Mario no estaba, si estuviera ya estaría refunfuñando por no mantener la tele en un canal mucho rato.

Ni me había dado cuenta, encima de la mesa había un paquete. Estaba envuelto en papel de regalo y un sobre encima. Sería otra sorpresa de Mario. Abrí el sobre entre nerviosa y expectante. Nota escueta: “espero que te guste. Le sacarás mucho partido. No lo dudo “

Rompí el papel, sorprendida por la nota, viniendo de Mario podría ser cualquier cosa. ¿Ropa?, parecía una chaqueta. La desdoblé y solté una carcajada.

No me lo podía creer, me seguía riendo. Hacia unos días habíamos visto una escena y peculiar con una gabardina. Que querría decirme? Era simple; usa la imaginación¡¡¡ o sería un regalo sin mas?. No, él no era de los simples, él era él, siempre intentando sorprenderme, intrigarme y redescubrirme.

Sin buscarlo se me estaban ocurriendo varias maneras de aprovechar mi regalo.

Cogí el teléfono y le llamé:

-          Hola Mario

-          Qué tal?

-          Bien. Gracias por el regalo. Lo estrenaré el lunes para ir a trabajar.

-          Ah¡¡ Muy bien- contestó un poco desconcertado por mi respuesta- Sabía que le sacarías partido

-          Has acertado con la talla, color y modelo.

-          Es lo malo o bueno de conocerse.

-          Bueno y qué? Mucho trabajo?

-          Si, saldré a las ocho si quieres vamos a cenar por ahí.

-          Vale, te esperare lista.

-          Ok. Un beso princesa, tengo trabajo.

Colgué el teléfono con la sensación de que mi plan iba por buen camino, lo había desconcertado y al mismo tiempo todo controlado.

Tenía que darme prisa, tenía todo sin organizar y hasta las ocho tampoco faltaba tanto. Una ducha rápida, un vaquero, las botas una camiseta, cazadora y a correr.

Recorrí el centro comercial buscando algo concreto. Nada…. Por fin, allí estaba… negro, perfecto¡¡¡¡. Mientras salía vi unos zapatos. No estaban dentro de los planes pero combinaban perfectamente con la gabardina, sencillos, tacón alto; ideales. Bolsas en mano iba radiante, estaba disfrutando con los preparativos.

No se como pero en tiempo record estaba de vuelta. Asi que me podía permitir un baño relajante. Antes busqué en mi cartera el número de aquel hotel donde había empezado todo tiempo atrás. La misma habitación y cena para dos.

Estaba saliendo todo a pedir de boca. Llené la bañera. Me fui quitando la ropa como si terminara el día y empezara la noche mágica. Poco a poco sumergí el cuerpo en el agua, recosté la cabeza  y disfruté de aquello sin dejar de pensar en Mario y en lo que planeaba. De repente me vino una preocupación.  Y si él había planeado algo?. Mario no era de los que esperaban algo, él , normalmente sorprendía y disfrutaba con las sorpresas, más ideándolas y llevándolas a cabo. Su mayor premio era mi sonrisa y verme disfrutar.

Era lo mismo. Ya estaba. Y esta vez estaba experimentando la sensación de ser yo la que le sorprendería. Me encantaba ese poder que me daba. Me sentía feliz.

Salí de la bañera, me sequé con cuidado, con mimo, me perfumé y bajé a  la habitación. Dispuse encima de la cama lo que me iba a poner. La gabardina negra, que sin querer al mirarla sonreí pícaramente. El liguero, las medias el conjunto de encaje y al pie de la cama los tacones negros.

Tranquilamente empecé a ponerme cada prenda, sintiéndola sobre mi piel. Poco a poco mi atuendo iba tomando forma. Me maquillé, los pendientes y por ultimo la gabardina y al cinturón le di una gran lazada como broche final a tal ceremonia.

Vi que el teléfono parpadeaba. Llamada de Mario.

-          Hola amor, pasa algo?

-          Nada, creo que saldré antes. En quince minutos estaré libre.

-          Ah¡¡ vale¡¡ voy a ponerme a ello, sino siempre te toca esperar.

-          Besos guapa, nos vemos ahora.

Eso me descolocó, tenía que apurar. Cogí el bolso y al coche. En diez minutos estaba en la puerta de su trabajo, esperé impaciente. A los cinco minutos salió él. Me quedé mirándolo y le llamé.

 -hola

- Ya voy, estas lista?- me miró sorprendido.

- si, estoy en el coche, acércate y cierra los ojos.

Intentó mirar y verme dentro del coche.

-cierra los ojos

-vale.

Bajé del coche, el seguía con el móvil en la oreja.  Me acerqué por detrás y el intentó girarse.

-No- alcancé a decirle tajantemente.

-Qué haces aquí?

-Shhhhhsssssssss

Se dio cuenta que había planeado ago. Obedeció. Bajó los brazos y le vendé los ojos.

-Nos va a ver alguien- esbozando una sonrisa.

-Un pasito- abrí la puerta- siéntate.

Como pudo se acomodó en el asiento del copiloto. Mientras subía al coche le vi intentando mover la venda para lograr observarme. No dije nada y arranqué el coche.

Su mano buscó la mia, sin hablar la retiré y él refunfuñó graciosamente. Su mano siguió investigando, deslizándose por mi muslo.

-Quietecito por favor-insistí a sabiendas que ya sabía mi atuendo.

Seguimos hablando, intentaba averiguar a donde le llevaba. Entre juegos respondía. Mi mano buscó la suyo y le sugerí disfrutarlo. Llegamos al destino, apagué el coche y el parecía sorprendido del poco que había durado el viaje.

Le miré.

-Quieres quitarte la venda?

- Eso es cosa tuya.

-Muy bien- Me bajé del coche, abrí la puerta y le coloqué delante de la puerta del hotel.

-Sabes donde estamos?- mientras me coloqué detrás de él y fui desatando la venda.

Abrió los ojos. Sonrió y se tocó la barba. Era la afirmación de que sabía donde y cual era mi sorpresa. Se giró. Me besó y dijo.

-Princesa, esa gabardina te sienta de maravilla.

Sonreí, sonrió y entramos. Lo que pasó allí es otra historia.

jueves, 3 de enero de 2013

Otra dimensión


 

Marta me miraba mientras jugaba con la cucharilla en el pocillo del café. Me hablaba de aquello, de esto, pero todo bastante banal. Me miraba de forma diferente. Sonreía mientras se retiraba el pelo de la cara. Si no fuera porque la conocía demasiado bien, pensaría que quería ligar conmigo. Mirándola deje volar mi imaginación. No estaría mal. Por qué no? Vamos tonterías de una tarde de café.

La tarde empezó a caer, salimos a la calle. Llovía como si no hubiese mañana. No teníamos paraguas. Suerte que Marta vivía relativamente cerca. Corrimos por la acera, como si al correr la lluvia no nos calase en  la ropa. Los portales valían de cobijo hasta la nueva carrera por no mojarse.

Por fin llegamos al portal de nuestra salvación. Nuestra ropa parecida salida de la lavadora, empapada era poco. Según pisábamos los escalones dejábamos gotas de agua como el rastro de nuestro paso. Entre risas y ruidos de nuestras zapatillas llegamos al piso.

Marta fue directa al baño  a sacarse aquella pesada ropa  y darse una ducha. Miré a mi alrededor como buscando un lugar donde poder apoyarme sin hacer mucho estropicio. No encontré ninguno adecuado. Decidí quitarme la ropa también mientras observaba las curvas de Marta a través de la mampara. El agua recorría su piel torneada por el sol, se deslizaba como caricias de un amante celoso. Su melena morena caía sobre sus hombros mientras ella la enjabonaba con tranquilidad. No se había percatado de mi presencia y a mi la de  ella me inquietaba y me encantaba.

Me quede mirándola en silencio, solo interrumpido por el discurrir continuo del agua. No se cual era la razón pero era la imagen mas maravillosa que había visto en tiempo. Nuestra amistad era de hacía años, de esas que nacen en la infancia se distancian en la adolescencia y se retoma en la juventud y perdura hasta la madurez.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por el ruido de la mampara al abrirse, ni me percatara que el agua cesara. Me vi allí delante de ella, sin ropa. Marta no dijo nada, simplemente sonrió y me miró con una sonrisa picara y nerviosa. Si no fuese por la amistad que nos unía podría pensar que aquella situación le estaba gustando, que lo que veía le encantaba y en cierto modo le atraía. Sin sacar los ojos de mi figura, agarró la toalla y empezó a secarse.

Sin mediar palabra, abrí de nuevo la mampara y entré en la bañera, sabiendo que ella me observaba. En el baño hacía frio, pero la temperatura de mi piel era elevada.

Abrí el grifo y el agua empezó a caer, recorriendo cada centímetro de mi cuerpo, mojándolo todo.

Mientras el agua no cesaba de correr, dejé mi mente en blanco. Disfrutar del momento, del instante tranquilo, de la relajación que me producía aquella ducha.

Pero poco a poco, la imagen de ella desnuda se apoderó de toda mi mente y no podía borrarla y en el fondo tampoco quería por muy extraño que me resultase. Podía casi sentirla allí debajo del agua conmigo, enjabonando mi espalda, lavando mi pelo. Su aliento en mi cuello. ¡Qué imaginación más poderosa la mía, que me hacía capaz de sentir algo irreal!

Agarré la esponja, la llené de jabón y la pasé primero por mis brazos, mi pecho… me pareció rozar con algo. Entreabrí los ojos y pude apreciar sus manos. Me giré y allí estaba Marta mirándome y de nuevo sonriendo. Sus dedos dibujaron mis labios, los rozaron. Mi boca los buscaba, pero los deslizó por mi cuello. Bajaron hasta mis senos, rozando mis pezones erectos. Disfrutaba jugando a pincelar mi cuerpo con sus dedos.

Sus labios se acercaron despacio a los míos, sentía su respiración excitada, jugueteó con ellos, los mordisqueó para terminar besándolos. Beso a beso consiguió una humedad en mi que hasta ese momento no había experimentado jamás.

Me mostro el camino desconocido para mi. La ducha era el oasis y en un instante me llevó al paraíso del deseo y la pasión. Nunca había probado un manjar como aquel, una fruta tan sabrosa. Nunca me imaginé cruzando la línea de la amistad para convertirla en un gran ardor de lujuria.

Lo que allí pasó no podría describirlo con palabras, sin dejar de humedecer todos mis sentidos. Quedará grabado en mi memoria que alguna vez que otra suelo recordar.

Después de la locura llegó la calma. Llenamos la bañera y nos sentamos. Sus piernas entrelazadas en mi cintura, yo apoyada en sus pechos, sus manos rozando los míos. No se pronunció palabra, solo disfrutamos del momento. No recuerdo el tiempo que pasamos allí metidas, al salir la piel arrugada y el agua fría.

Nos reíamos nerviosas mientras nos íbamos secando, pero el pudor lo perdimos y se había ido por el desagüe.

Me dejó ropa seca, me vestí y ella seguía mirándome con la misma mirada picarona. No dije nada y  acabé por ponerme el pantalón. La noté extrañada y sorprendida por mi silencio pero tampoco dijo nada.

Nos sentamos en el sofá, encendió la tele y movía inquieta el mando. Con la excusa de fumar salí a la terraza. Necesitaba aire fresco, asentar las ideas.

Busqué el mechero en el bolsillo, acerqué la llama al cigarrillo. Lo encendí y le di una profunda calada. Expulsé el humo con fuerza como parte de mi liberación. Y allí apoyada en la barandilla de la terraza, sintiéndome observada por Marta, sonreí con una mirada picarona y nerviosa.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Un inicio o un final



La luz entraba por la ventana e iluminaba toda la habitación. Poco a poco me fui despertando. Abrí los ojos y miré al techo. Mi mirada recorrió la estancia intentando ubicarme. Poco a poco vinieron a mi mente la noche anterior. Difícilmente la olvidaría en mucho tiempo. Le escuche respirar y me giré hacia él. Allí estaba Sergio, durmiendo plácidamente. Durante unos minutos le observé. Tan tranquilo, respiración pausada y una leve sonrisa en sus labios.

Por un momento, tuve el impulso de despertarle, de continuar lo que había empezado la noche anterior, pero no lo hice. Disfrute de aquella imagen en silencio, sellándola en mi retina para no olvidarla jamás.

Pasé mi mano suavemente por su pelo negro, acaricié sus mejillas y rocé sus labios con la punta de mis dedos. En mi rostro se dibujó una sonrisa agridulce. Los pensamientos sobre lo que hacer se alborotaban en mi cabeza. Si me vestía y me iba, seguramente no habría una segunda vez. Y si me quedaba me enamoraría de aquel hombre que me había hechizado con su  mirada y su sonrisa, y mas cosas que no era el momento de recordar porque terminaría despertándolo y repitiendo la noche anterior.

Decidí levantarme y sin mover mucho las sábanas me fui retirando, aunque no pude evitar echar un vistazo a lo que había bajo ellas, sonreí picaronamente.

De puntillas por la habitación fui recogiendo mis cosas, estaban esparcidas, los tacones uno en cada esquina, las medias,…. Metí las cosas de cualquier manera y cerré la maleta. Y sin apenas dejar rastro de mí más que en su piel, abrí la puerta y salí de la habitación.

En el ascensor no pude evitar mirar mi reflejo en el espejo, mi rostro tenía un brillo especial y la sonrisa seguía en  mis labios sin desdibujarse. Pero no había vuelta atrás.

El recepcionista entretenido detrás del mostrador ni me miraba, me  acerqué y acerté a decir;

-Un sobre, un folio y un bolígrafo, por favor.

Salí del hotel después de dejar la nota y con la maleta llena de sensaciones contradictorias. Quería quedarme pero no tenía el valor suficiente. Ya sentada al volante decidí iniciar el regreso. Tenía un par de horas para asentar las ideas en soledad.

Según recorría kilómetros la sensación de que me alejaba de mi misma me invadía cada vez más. Era una opresión que  se apoderaba de mi alma. Conduje casi sin prestar atención, ni a la carretera ni a los letreros, mi mente estaba ocupada en otros menesteres.  Después de casi dos horas desperté de mi ensimismamiento y paré el coche.

No estaba en mi cuidad, no eran mis calles, pero todo me era terriblemente familiar. Decidí  arrancar de nuevo. El coche no quería ponerse en marcha.  Era lo que me faltaba. Intento uno, nada. Intento dos, nada. Intento tres, nada….. me impacienté. Baje del coche, encendí un pitillo y busqué calma. No sabía que hacía allí y encima el coche así.

De repente entendí el lugar, las casualidades….

Caminando por la calle venía Sergio, desde lejos me vio. Clavó su mirada en mi, no la apartaba y yo la mantenía. Mi nerviosismo aumentaba y por primera vez sentí las mariposas en el estomago.

A dos metros de mi, entre curiosidad, sorpresa y seguridad me preguntó:

-Qué haces tu aquí?

-Vine para quedarme- balbuceé sin apartar la mirada.

Sonrió con la mirada, se acercó y me besó. Las palabras ya sobraban.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Primera vez.....


Ana llevaba meses nerviosa pensando en aquel encuentro. Nerviosa, impaciente pero anhelosa de llegara el ansiado momento. Estaba temerosa de tenerle enfrente. Aquellos besos furtivos, temblorosos que se habían dado poco tiempo atrás, sólo habían incendiado más una pasión que crecía a cada momento.

Ella no paraba de recordar aquel el  instante que se vieron por primera vez. Se sentía devorada por la mirada de él. Aquellos ojos marrones tan transparentes dejaban ver lo que las palabras no podían ni eran capaces de decir.  Corriente, conexión, unión, feeling…. Tantas sensaciones aun por descubrir.

Su mente no quería despegarse de los recuerdos de aquella tarde de verano, cuando por casualidad premeditada, se encontraron solos uno frente al otro. Ana con una serenidad que ocultaba su gran nerviosismo, sus manos temblorosas y que con fuerza él se las agarró, entrelazándolas con las suyas. El roce de sus dedos.  La miró y sin mediar palabra la besó. Sus labios se acoplaron a la perfección, sus lenguas se buscaban en una sintonía perfecta. Sus brazos la rodearon como queriendo impedir que se escapara. Ana no tenía intención de escaparse de la prisión de aquel calor, de aquel cariño, de aquella pasión.

Se besaban, se miraban, el metía los dedos entre su pelo, acaricia su mejilla. La apretaba contra su cuerpo. Un constante y continuo deseo de darle todos los mimos que no había tenido ocasión de ofrecerle.

Un beso en el cuello que hoy pasado el tiempo un hace que le corra un escalofrío por toda la espalda.  Se sentía como una adolescente en su primera cita con su primer amor.

Se miraron a los ojos un instante, instante en que su corazón quedó  al descubierto y de sus labios brotó un te quiero. A ella se le encogió el estomago y solo atendió a responder; yo también.

Se besaron como si no hubiese mañana. Como si cada beso quisiera demostrar todo lo que habían callado, todo lo que se habían guardado por miedo, por temor. Esos besos eran como una consumación  de los sentimientos que intentaran aplacar. Esos besos que devoraban como si en sus labios hubiese hambre atrasada.

Ana con los ojos cerrados tumbada en cama, sentía los besos como si fuese hoy mismo. Sentía su calor. Su aroma le impregnaba los sentidos. Seguía recordando cada momento como si de una película a cámara lenta se tratase.

Los dos sabían que ese primer encuentro de sus pieles sólo era el principio. Ya no había vuelta atrás. Acababan de pasar aquella línea que ambos tenían tanto temor de cruzar.

Como en todo encuentro, también llegaría la hora de la despedida. Decirse adiós no, simplemente hasta pronto.  Fue duro despegarse de aquel cuerpo deseoso de poseerla, de aquellas manos que se aferraban a las suyas. Pero el tiempo apremiaba y no podían dilatarlo más.

Sus miradas prometieron volver a cruzarse. Y poco a poco fueron poniendo centímetros, metros entre los dos. Cada uno volvió por donde había llegado.

Ahora ella planeaba ese nuevo encuentro. Estar juntos otra vez, sin prisa, solo los dos. Uno para el otro y otro para uno, y decidir que hacer  con lo que ese día había nacido. Ser uno sólo. Entregarse a él en cuerpo en alma y poseer su corazón y su ser.

Aquel día se fue como llegó, como un espejismo pero en el corazón de Ana se había encendido una llama difícil de apagar. Y que ahora simplemente buscaba y conseguiría hacerlo realidad.

martes, 16 de octubre de 2012

Nadie


 

Estaba muerta en vida, sin estar postrada en una cama, sin estar físicamente, si no enferma del alma. Una enfermedad que cada vez se volvía más incurable. Sentía la soledad más absoluta a pesar de estar rodeada de gente. Las lágrimas corrían por sus mejillas sin pestañear ni provocarlas. Volviéndose un acto casi incontrolable. Una agonía incesante, que no se detenía pero iba carcomiendo por dentro todo a su paso. Todo lo convertía en un tormento atroz.

Entró en casa y estaba vacía. Solo sus pasos llenaban el espacio. Ese espacio que poco a poco oprimía más su alma. Sus pesares estaban ocupando todos sus muebles. Los armarios llenos de recuerdos, los cajones llenos de errores, la cómoda guardaba las malas decisiones y por doquier a la gente que había dejado escapar de su vida sin ponerle remedio.

Se miró en el espejo y no se reconoció. Donde quedó su sonrisa? Donde quedo su alegría? Sonde el brillo que desprendían sus ojos antaño?

Todo se perdió por el camino. Cuándo? Difícil recordarlo. Todo se fue torciendo. Minando sus ganas de vivir. Se había metido en un pozo sin fondo del que ahora casi le resultaba imposible salir.

Se sentó en el sofá y el agotamiento le venció. Después de unos minutos se despertó. No fue un sueño reparador, el desasosiego estaba dentro de su ser. Encendió un cigarrillo pero ni así se tranquilizó.

Ya no podía más. El peso que cargaba su espalda era demoledor, le hacía andar encorvado. Sus movimientos se volvían más lentos. Su desanimo crecía por momentos.

No podía seguir así. Lo tenía claro. Nadie le echaría de menos, nadie lloraría su ausencia, nadie le recordaría, nadie, nadie, nadie…. NADIE. Eso era lo más duro. Percatarse de ello fue determinante para tomar la decisión.

Llenó la bañera de agua. Puso música y se desvistió ceremonialmente. Cada cosa en su sitio, perfectamente doblada. Primero un pie después el otro y poco a poco todo el cuerpo.

 Sin hacer ruido se fue apagando. Se fue como había llegado sin que NADIE la echara en falta. Su desvivir dejaba de ser su cárcel, su prisión.  Toda el agua se tiñó de rojo y sus ojos se cerraron despacio para no volver a abrirse jamás

domingo, 12 de agosto de 2012

Carta a Mamá


Querida mamá:

No se por donde empezar esta carta. Si por preguntarte si te encuentras tranquila, estas bien o si ya has hallado esa paz que siempre buscabas.

Hay tantas cosas que quisiera decirte y que se agolpan en mi garganta que no puedo pronunciarlas. Tantos reproches por hacer, tantas gracias por darte, tantas preguntas sin responder y tantos recuerdos sin olvidar.

Hoy después de años, empiezan a recobrar sentido muchas frases que decías y que cuando era más pequeña no entendía. Muchas enseñanzas que querías que aprendiera y me negaba a aceptar. Ahora todo toma forma. “La experiencia es la madre de la ciencia”; atinabas  a decir. ¡qué razón tenías!

El amor de una madre es incondicional, esa máxima que toda mujer alardea de poseer en ti era una realidad. Siempre estabas ahí, para apoyarme en mis logros, para levantarme en mis caídas, para darme ese empujón cuando el miedo me paralizaba, para reprenderme cuando mis equivocaciones eran evidentes, para hacerme reir cuando la tristeza nublaba mi sonrisa… y mil veces más en las que sin pedírtelo tu sabías que te necesitaba.

Nunca te he dado las gracias por todo lo que has hecho. Gracias, muchas gracias, mamá.

A lo mejor es un poco tarde para ello. O simplemente estoy arrepentida de no decírtelo antes. Pedirte perdón es otra de mis asignaturas pendientes. Si, pedirte perdón por tantas noches en vela, por tantas decepciones que fui acumulando en mi haber, por tantas veces que no supe valorar tus sacrificios, por tantas y tantas veces que no te comprendí. Perdón!

Tú me perdonaste desde el momento en que nací, sabías que sería tu preocupación, tu alegría, tu consuelo y tu tormento, tu añoranza y tu satisfacción, sería siempre y por siempre tu amada hija.

Me gustaría devolverte todo lo que me has dado. Ahora es difícil o casi imposible. Mi meta será mantener el legado de tus enseñanzas,  y transmitirle los mismos valores a tus futuros nietos y que algún día ellos se sientan tan orgullosos de ser hijos míos como yo de serlo tuya.

Sé que desde el lugar que te encuentres seguirás mis pasos, mis tropiezos y mis saltos. Que sin que me percate, retiraras los obstáculos de mi camino y me guiarás por el buen sendero.

Las palabras no alcanzan a describir mi gratitud hacia ti. Siempre estarás en mi recuerdo y en mi memoria. En esos momentos que guardo como felices siempre has estado tú.

Solo me queda decirte algo, que no por falta de sentirlo no he pronunciado más veces, sino por no creerlo necesario fui olvidando la importancia de esas dos palabras: TE QUIERO, mamá.

Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero…. Ahora no me canso de repetirlas. Siempre estarás a  mi lado.

Te quiero y siempre te querré y no te olvido ni te olvidaré

    Tu hija

viernes, 13 de julio de 2012

El ascensor




Hora de irse a casa. No tenía ganas de nada. Era tarde, estaba cansada de andar de aquí para allá. Bajaría en el ascensor, estaba vaga para ir por las escaleras.

Mientras lo esperaba daba cuentas de todo lo que tenía que hacer. La lista la hacía mentalmente, pensando que algo quedaba pendiente; recoger el traje de la tintorería, pasar por el super, pasarme por correos…En el pasillo no se oía nada más que mis pensamientos rebotando en las paredes.

El ascensor no tardó. Me metí dentro, pulse el  -1. La puerta se cerró y escuché el ruido del motor poniéndose en marcha. Como de costumbre no pude evitar mirarme en el espejo. Retocarme el pelo. Fijarme en mis ojeras pronunciadas por falta de descanso de las últimas semanas. Un estruendo me sacó de mis meditaciones.

De repente, se había parado. No me lo podía creer. Instintivamente empecé a tocar todos los botones, como si eso ayudara a ponerse en marcha. Ninguno respondía.

Chillé. Llamaba a voces al silencio. Pedía ayuda. Gritaba  que estaba atrapada. Nada. Nada se escuchaba.

Rebusqué en el bolso. Con los nervios no encontraba el móvil. Mierda! Nada de cobertura. Cobertura cero. Era increíble. Y por encima, solo me quedaba mitad de la batería.

Me senté en el suelo e intentando ordenar en mi cabeza lo que estaba pasando. La desesperación se apoderaba de mi, no podía dejarme controlar por el miedo. ¿Miedo a qué?. Estaba sola, encerrada en un ascensor, en un edificio que se antojaba vacío. Acompañada por el silencio interrumpido por el crujir de la madera y demás ruidos sin identificar.

Alguien tendría que aparecer tarde o temprano, pero allí metida me estaba pareciendo demasiado tarde.

Jugueteaba con el móvil en la mano. No podía usarlo para nada, sin batería, sin cobertura. Quería estar ocupada. Hacía calor, sentía sudores, me faltaba el aire. No me gustan, ni me gustaban, ni me gustaran los sitios cerrados.

Me incorporé. Empecé a pasear. Un pie delante, después el otro, y así uno y otra vez. Recorrí el minúsculo  habitáculo. No sé cuantas vueltas di.

De nuevo, me senté. Observé detenidamente las paredes, cada centímetro del espejo, cada mancha, cada huella, cada reflejo. Cada botón, cada luz, cada rayazo en el metal.

Como deseaba que pasara el tiempo. Caprichoso tiempo que parecía detenerse aún más. Caminaba despacio, haciendo pausas eternas entre segundo y segundo.

Necesitaba tener la mente ocupada. Palabras encadenadas. No funcionaba.

No sé cómo, pero me puse a canturrear, tararear. ¿Qué canción?. Varias, cualquiera con estribillo pegadizo que rescataba del recuerdo.

Poco a poco me venció el sopor. Debí de cerrar los ojos. Oí voces que mi subconsciente las mezclaba como parte del sueño. Tardé en reaccionar. Instintivamente empecé a aporrear la puerta. Un poco de escandalo no vendría mal para que me escucharan.

Después de un intercambio de voceríos y gritos varios consiguieron dar conmigo. Ahora el tiempo transcurrí más deprisa. Por fin iba a salir de allí.

miércoles, 27 de junio de 2012

En la playa


Sentada en la arena mirando el mar de fondo. El rugir suave de las olas invocan mis recuerdos. Recuerdos no vividos y anhelados. Sentimientos a flor de piel aún por consumar y pensamientos llevados por la brisa más allá de donde yo los pudiese enviar.

Allí sentada en la toalla ante la soledad más absoluta rodeada de la multitud ajena a mi y yo a ellos. Tu llenabas mi pensar.

Por un momento deje mis pensamientos en el limbo y decidí observar a las personas que paseaban por la orilla.

Unos charlando y gesticulando buscando la aprobación de su acompañante. Otros, a la par y en silencio, sin dirigirse la palabra ni la mirada, sólo mirando al frente. Otros solitarios, a paso ligero, sin detener su caminar.

Niños que juegan a hacer castillos de princesas que se desvanecen en el vaivén de las olas.  Unos entran poco a poco en el agua, aclimatándose al frio de  la masa azul con el contacto de su piel.  El valiente que se tiraba  de golpe como si así el frio no penetrase en los poros de su piel.

También estaban los que luchan con sus cometas contra el viento caprichoso, que surcan los  cielos llenándolos de color y piruetas.

El pin pin de las palas al recibir la pelota que tantas veces no termina en lugar deseado.

Los enamorados que pasean agarrados de la mano, dedicándose miradas de complicidad llenas de amor. Los abuelitos que ya morenos por sus paseos diarios haciendo su ruta a paso ligero.

El vendedor ambulante de pulseras, refrescos, sombreros y todo que se pueda vender, que pasa a mi lado sin ofrecer su mercancía.

Los chiquillos que juegan a saltar las olas sin fuerza que mueren en la arena.

Y a lo lejos el horizonte donde el cielo se une con el mar, a lo lejos donde te encontraras tú. Y yo queriendo contigo compartir lo que mis ojos ven y lo que mi corazón te quiere contar.

miércoles, 20 de junio de 2012

Lluvia


Sentada en la cafetería, veía a través del cristal. Era agua fina que poco a poco iba cambiando el color de la piedra seca. La teñía de color oscuro, brillante.
 Con las primeras gotas la gente pasaba impasible. En cuanto empezó a ser  contante se resguardaban debajo de los soportales. Otros corrían desafiando al acierto de las gotas en su cuerpo. Y algunos ponían las bolsas y carpetas sobre sus cabezas como si así la lluvia les fuese a resbalar.

Me quedé presa de la lluvia, presa de su magnetismo, que poco a poco me llamaba, me arrastraba hacia ella.

No sé que me impulsó a ello, pero me fui levantando de la silla y me dirigí hacia fuera.

La lluvia caía. Empezó a mojarme. Estaba fría. En segundos dejó de importarme y el agua empezó a penetrarme.

Levanté la mirada, sentía cada gota rozando mi rostro. Pasé las manos por la cara como si la secase para sentirla de nuevo.

Empecé a girar como un tiovivo. Me sentía feliz, felicidad que se reflejaba toda en mi.

No sé si alguien me miraba, si alguien se fijaba en mi poco apropiado proceder, pero no me importaba. No recuerdo el tiempo que estuve dejando que la lluvia me mojase, que borrara cualquier resto de mal rollo de ese día.

Empapada, calada estaba, pero la sensación de  libertad, de tranquilidad que sentí jamás la he vuelto a experimentar.

jueves, 31 de mayo de 2012

El extraño


Estaba harta. Mi vida era rutina constante; casa al trabajo, del trabajo a casa. Los fines de semana no tenía ganas de nada. Un aburrimiento de vida. Quería cambiar pero tampoco sabía como.

Aquel día como cada lunes llegué pronto para aparcar, después era casi imposible encontrar un hueco. Al entrar me dirigí al ascensor, tenía la mañana vaga. Estaba bloqueado y ensimismada me quede mirando al técnico sin prestarle atención. De esos momentos que dejas perdida la mirada sin mirar, sin prestar atención donde están fijos tus ojos. No se el tiempo que estuve así pero una voz me despertó. Reaccioné y sin darme cuenta sonreí.

Hacía tanto tiempo que no esbozaba una sonrisa que no pude evitar fijarme en él. Intercambié un par de frases y cortésmente me despedí para dirigirme a las escaleras. Sin darme cuenta era la primera vez que empezaba mi jornada de buen humor.

Por primera vez en mucho tiempo mis compañeros me veían sonreír. Pero en realidad nada había cambiado en mi vida. Al acabar me fui a casa y tirada en el sofá seguía cautivada por la sonrisa de aquel extraño.

A la mañana siguiente no encontraba que ponerme nada me convencía. Sacaba la ropa del armario la miraba, esto no, aquello tampoco. Era como si nada le sentara bien, o no se encontraba con nada.

Se hacía tarde, y al final unos vaqueros una camisa y ya esta. No tenía tiempo ni para maquillarme un poco.

De camino al trabajo notaba como el corazón me latía fuerte, la idea de volver a verlo me azoraba. Entré en el edificio y allí estaba él. Las miradas se cruzaron de nuevo, y mi nerviosismo  era evidente. No sabía a donde mirar, como colocar las manos. La saludo con una gran sonrisa y un piropo que me ruborizó.

Subí las escaleras como si flotando estuviera. El día se hizo eterno, solo esperaba que se acabara para encontrármelo a la mañana siguiente. No podía sacárselo de la cabeza y empezaba a fantasear con un encuentro con el.

Me dormí con él en el pensamiento. Me desperté con la sensación de haber tenido el mejor polvo en años. Como era posible. Aquello tenía que solucionarlo pero a lo de ya.

Decidida estaba a salir de dudas. Así que cuando lo viera se acabaría la timidez e intentaría que fluyera algo más. Le sorprendería. Pero la sorprendida fui yo. Al llegar al ascensor, el no estaba. Me entristecí. El día se tornaba gris. Aunque como en todo día lluvioso siempre aparece un rayo de sol.

Apunto de terminar la jornada, apareció  por allí. Me preguntó si tenía un momento sino esperaría a que  acabara. Me esperaría en el almacén de mantenimiento. No entendía muy bien el mensaje. Estaba decidida a ir a buscarlo al acabar.

Recogí las cosas, me despedí y al sótano fui directa. Con una sonrisa picarona me recibió. Esa sonrisa era más clarificadora que mil palabras dichas. Se acercó, me cogió la mano y me metió para dentro,  no opuse resistencia.

Se acercó, mi respiración se  iba acelerando poco a poco. Mi pensamiento solo era dejarme llevar. Cogió entre sus manos mi cara y suavemente me beso,  respondí  y busqué de nuevo sus labios entreabiertos sentí su lengua. Esos besos hicieron que un escalofrío recorriera mi  espalda. Sus manos con gran destreza desabotonaron uno a uno cada botón de mi camisa. Sin percatarme me encontré desnuda ante él.  Exploraba cada centímetro de mi piel, empezando por el cuello, siguiendo por mi pecho. Parecía conocer cada poro, cada lunar, cada terminación.

 Desvanecí en brazos del deseo. Disfruté, me estremecí. Gocé, sude y me desmayé de placer.

Esas imágenes están en mi retina, esas sensaciones en mi cuerpo, ese placer en mi memoria. Serán imborrables. No se cuando se marchó, ni cuando sola me quedé, simplemente dejó un último beso en mis labios y una gran sonrisa de satisfacción en mi rostro. 

Cuando me recuperé de la excitación, fui consciente de lo que acababa de pasarme. No era muy creíble, así que decidí no contarlo. Me vestí. Me arregle como pude y  al abrir la puerta él seguí allí. Solo me miró y sonrió.

Salí  flotando, deseando comerme el mundo. El  había sido el rayito de sol que se filtra después de una tormenta. Un día gris se tornó de colores.

Fui rebobinando escena a escena, fotograma a fotograma y no pude evitar sentir la humedad que aquel recuerdo me producía. Dormí mejor que nunca y con la sensación de que todo había sido un sueño. Al despertarme mi sonrisa era perenne, no la había borrado ni la oscura noche.

Me vestí en dos minutos deseando llegar a trabajar, a cruzarme con aquel extraño. Aquel hombre que me devolvió la pasión dormida.

Entré con paso firme, no estaba. Pero no me importó su ausencia porque su presencia eran mis ganas de vivir, de disfrutar de nuevo, de nuevas cosas.

Se que me cruzaría de nuevo con él y esta vez ya no sería un extraño sino un viejo amigo.








viernes, 11 de mayo de 2012

Una copa de vino


Sentado en  el sofá con la copa de vino en la mano, la miraba. Era una visión poderosa. Ella me sonreía con picardía disfraza de timidez. Jugaba a desafiar mi interés sin mediar más palabras que las que emanaba su cuerpo. Evocaba mis sentidos y despertaba mis instintos.


Jugaba con su pelo mientras no dejaba de analizar mis respuestas. Recorría cada centímetro de su figura vestida. Me provocaba. Controlaba su sensualidad con gran maestría.


 Movía la copa, aspiraba su aroma como si el de ella fuese. Le di un sorbo al vino y mientras recorría mi garganta, imaginaba mis dedos paseando por su piel ardiendo y deseoso de ser tocado.


Cruzábamos miradas llenas de excitación.  Su mano acariciaba su cuello. Era una sutil invitación que no quería rechazar. El vino  y sus feromonas aumentaban la temperatura de la habitación.  Todo ella era sensualidad. Desde la manera de cruzar sus piernas, sus ademanes, su forma de mirar, como se mordía el labio, su lengua juguetona.


Mi imaginación no podía dejar de mandar a mi mente mensajes. Embelesado disfrutaba de la visión de aquella mujer menuda pero tremendamente fascinante.


Me acerqué a la mesa sin dejar de penetrarla con la mirada.  Ella seguía mis movimientos sin perturbarse. Deposité mi copa a modo de rendición. Sonrió, aceptando mi sumisión. Se acomodó dejando un hueco a su lado.  Me senté obediente y sin mediar mas palabra que la del deseo la besé. Su boca se entreabrió para saborear mi boca, jugar con mi lengua.


En ese beso perdí la noción del tiempo. Mi mano enredada en su pelo, y la otra en su espalda, que poco a poco recorría su muslo. Su facilidad para ir desabotonando mi camisa sin dejar de motivar mis ansias de tenerla toda para mi. Poco a poco me fui perdiendo en su cuerpo, amando su ser, degustando su aroma. Era la locura mas placentera sufrida.


-Rinnngggggg


Sonaba el teléfono. Me incorporé. Miré  alrededor. La copa volcada y un reguero rojo en el poluto sofá que terminaba en un pequeño charco en el suelo. Y enfrente, nada. Estaba el salón vacio de su presencia. Ella no estaba.


De nuevo cerré los ojos. Cogí la copa y de nuevo ella frente a mí. Me miraba, me incitaba y volví a sucumbir.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Una experiencia




Sienta bien estar de nuevo en casa. Fue lo primero que pensé al despertarme. Al  llevar tanto tiempo fuera y volver a tu cuarto de la infancia es extraño. Parecía de otra persona, pero guardaba la esencia de la inocencia dejada atrás.


Visitas a familiares, a amigos y lugares. Toda una felicidad para el cuerpo y el alma. La sencillez de mi lugar de nacimiento era lo que necesitaba para rencontrarme.  Pero algo perturbó aquella calma. Mi padre, como siempre, a la hora de comer conectó el televisor. Esa costumbre  no había cambiado. Ver las noticias al mediodía era y seguía siendo sagrado en casa, como un complemento más de la reunión familiar.


Yo desconectaba, pues pensaba que era más de lo mismo. Sin percatarme me vi prestando atención al presentador uniformado. Otra catástrofe en nuestra tierra. Un petrolero estaba encallado en la costa. Otra vez no, no podía ser. Pues si, la historia parecía repetirse.  En principio no suponía riesgo de fuga de fuel, pero esas cosas nunca se saben.


Los políticos de turno haciendo declaraciones para llamar a la tranquilidad. Ecologistas por el contrario, advertían de lo peligroso que se podía volver si no se actuaba a tiempo y sin demora. La marea podría llevar el fuel a la costa, si llegase  a producirse algún escape, y sería fatal.


 No podía pensar lo que ocurriría si los malos presagios se hacían realidad. Enseguida cambiaron a otros temas, pero mi cabeza no dejo de mandarme mensajes de preocupación.


En los días posteriores decidí retomar viejas amistades. Así que las horas transcurrían entre cafés, cañas y de paso buscar algún empleo u ocupación. Pero las noticias sobre el carguero no pararon de aparecer en los medios, siendo cada vez más frecuentes y preocupantes.  El crudo estaba vertido en el mar y se acercaba a la costa. Las imágenes eran espectaculares y la tragedia aún mayor.


No paraba de decirme a mi mismo que tenía que hacer algo, no quería quedarme de brazos cruzados. Esa idea me rondaba en la cabeza. No podía  dejar de darle vueltas. Era un run run constante. Era como un torbellino de pensamientos hasta que las imágenes de gente acercándose a la playa para limpiar aquella masa negra que lo empezaba a cubrir todo, me impactó.


De nuevo  el televisor amenizó la comida, mas bien la avinagraba. Las noticias ya eran monotemáticas. Un rayo de esperanza se vislumbraba entre tanta negrura, gente limpiando las playas, con palas, cubos… cualquier cosa valía para esa personas solidarias. En silencio mirábamos  y callábamos. Eran de esos momentos que las palabras solo estorbaban.


Algo en mi interior se revolvía, como si quisiera salir. De repente un grito surgió de mi garganta:


-Me voy allí.


Mi padre me miró con cara de extrañado y sorprendido por lo imperativo de mis palabras.


-¿Te vas a donde?


Por un segundo, mi mente se bloqueó y un nudo en la garganta casi ni me dejaba hablar. Finalmente musite:


-Allá me voy- señalando el televisor.


-¿Pero que se te perdió a ti allí?- indagó mi padre mirándome.


No supe que contestar. Me callé, me senté y seguí comiendo.


Al día siguiente, me levanté temprano. Preparé una mochila con lo básico y me despedí por unos días. Nadie hizo preguntas, estaban acostumbrados a mis ausencias. Aunque era extraño, acaba de llegar y me volvía a marchar.


Me encaminé hacia la estación, con caminar tranquilo pero mis pasos eran firmes y temerosos a la vez.  Al llegar allí había muchos jóvenes, mayores… la mayoría con mochilas. Sospeché que llevarían el mismo destino que yo. Eso me hizo reflexionar que la juventud no estaba tan perdida como nos querían hacer creer.


Llegó el tren, y la estación se fue vaciando, quedando desierta. Me acomode en un asiento y mirando por la ventanilla se inició el trayecto.  Los arboles, las montañas, lo verde de nuestra tierra, tan llena de vida.  El azul de nuestras aguas, la arena de nuestras playas, la grandeza de nuestro mar ahora dañado. Con esos pensamientos iban pasando las horas, haciendo el viaje corto.


Cuando se detuvo el tren, empezaron a apearse los pasajeros. No uno, ni dos, ni tres…sino una marabunta de personas. Y como si de una procesión se tratase nos dirigimos por las calles del pueblo desierto. Alguna señora en la puerta de una casa nos miraba entre curiosidad y satisfacción.


Según nos acercábamos a la playa, la gente se iba parando con la mirada perdida fijada en aquella impactante imagen. Era un manto negro salpicado de bultos blancos que se iban tiñendo de negro por el fuel.


Repartían los monos, los guantes, las mascarillas, los cubos, las palas, todo en la entrada de la playa. Ni los vi. Mis ojos estaban clavados en aquella imagen distorsionada e infernal pintada con un rayo de esperanza. Mientras me acercaba, la masa pegajosa lo impregnaba todo. Había toneladas y toneladas de mierda. Si era una mierda todo aquello, mierda era lo que había destruido la vida de tanta gente. El  desastre, naturaleza muerta que casi no se podía apreciar. La otra mierda era  incompetencia de los políticos, mierda mierda y más mierda.


Lo peor vino después. Me sobresalté al ver mover aquella asquerosa mancha negra, como si tuviera vida.  Entre miedo y curiosidad me acerqué. Mi sorpresa fue mayúscula al ver una gaviota moribunda, intentando aletear para salir airosa de la prisión  que sin buscarlo estaba sometida. Intente salvarla, pero su sentencia ya estaba dictada.


Pase semanas limpiando aquello. Buenas amistades, grandes historias y cambios en la forma de pensar, todo eso ocurrió. Mi cuerpo seguía siendo el mismo, pero muchas cosas se transformaron dentro de mí. Fue una gran experiencia.


Ahora tiempo más tarde, y mirado desde la lejanía,  no he conseguido eliminar aquella imagen de  mi retina, ni de mi recuerdo. Hoy, en la distancia, parece todo volver a la normalidad. Ya nadie habla lo recuerda, de la catástrofe que fue aquello. Pero en mi mente  sigue anclada aquella gaviota como metáfora de todo lo que  fue.







jueves, 22 de marzo de 2012

Estoy aqui

Sentía que estaba sola en el medio de tanta gente. El teléfono no dejaba de sonar al otro lado. Nadie parecía oírlo. Era una pesadilla que se repetía en mi mente. Aquel timbre
constante no cesaba, aún cuando el aparato estaba colgado. No podía ser.
Las diez daba el reloj. Las diez y cuarto, aquello era imposible. Las once. El tiempo pasaba sin poder pararlo.
Luchaba con el incesante seguir de las agujas que parecían no querer detenerse.
De repente, una voz al otro lado. La reconocía, y la mía era entrecortada. No sabía que decir. Por mi parte un largo silencio. Un instinto involuntario, que no podía remediar. Intentaba no
pensar, era lo que necesitaba ahora, mejor dicho; olvidar.
Mi cuerpo y mi alma pedían sosiego. Tal vez mañana despertaría y todo sería un mal sueño de mi fantástica mente. Mi voz era casi inaudible. Preguntaba si estaba bien. Alcancé a decir
que si, y suplicar que vinieran a por mi.
Mis palabras sonaban a lo lejos, como si estuviera a kilómetros desde el momento de pronunciarlas. Colgué sin decir donde me encontraba, y la batería muerta.
La espera fue larga, casi eterna.
La noche totalmente negra y vigilante me acompañaba. Mientras las luces de los coches me daban esperanzas de que sería el fin de mi tortura.
Tenía espectadores muy especiales, que me observaban con cierto interés. Era su diversión y un sufrimiento doloroso para mi.
Pasaban a mi lado y volvían a pasar. Mis ojos mostraban una indiferencia asqueada.
Empecé a sentir punzadas en el estomago. Era difícil olvidarlas, estaban muy presentes. Quería evadirme pero Dios no me quiso ayudar.
Era cierto, volviera. Pero no sabía si era la mejor solución. Luchaba contra un deseo de volver a aquel infierno o dejarme en las garras de los míos.
Mientras divagaba, los demás iban felices y sin preocupaciones. Se divertían de una manera normal. Yo no podía.
Aquello me marcara. Ahora era un ser diferente a ellos. Como si llevase un sello de identificación en la frente.
No había forma de quitármelo. Ellos no veían el suyo claramente pero también lo llevaban por dentro.
La espera se hacía larga, demasiado larga. Me estaba volviendo loca. Tantos coches pasando y ninguno se detenía, ninguno era para mi.
Por fin uno paró a mi lado. Por fin había llegado y con él un infierno mayor. Ahora debería empezar el relato de mi desaparición.
¿Qué efecto causaría? Lo vería en sus caras cuando rematara de hablar.

viernes, 16 de marzo de 2012

Un adios no es un hasta luego

Decidí quedar con él. Prepararme para el desenlace que sabía de antemano que se produciría tarde o temprano. Me arreglé como se de una cita se tratase. Acudiría con mi mejor ropa y mi mejor sonrisa.
Durante el camino mi pensamiento iba recolectando imágenes del pasado sabiendo que no se producirían jamás. Razonaba conmigo misma en que se tenía que acabar toda esperanza de algo más.
Aparqué y le vi junto a la ventana, me saludo con la mano. A lo mejor me equivocaba y era un punto seguido en aquella tragicomedia. Pero en breves momentos volvería a la realidad.
Me alegro de que todo te vaya bien. Fueron sus palabras, era una despedida en toda regla.
Fuerte me hice ante tal afirmación, actuando como si estuviera en lo cierto. Mantuve la frialdad suficiente para que mi flaqueza no fuese palpable. No podía deshacer tal equivocación.
Jugueteaba con la cucharilla dentro del pocillo de café.
Calmando mi nerviosismo. No podía mirarle a los ojos sin mostrar mi pesar. El
contándome lo bien que estaba con su “novia”. De repente, tenía novia. Hacía tres semanas me hablaba de pasión, de locuras, de viajes, y ahora tenía novia.
Sus palabras taladraban mis entrañas. Desvanecían mis esperanzas de recuperarle. El seguía hablando y yo no escuchaba. No quería escuchar lo que tanto daño me hacia y salía de su boca.
En la tele del bar, noticias que ni me importaban, pero era más fácil prestar atención que a sus palabras que eran dardos envenenados en mi corazón. Me preguntaba por mis proyectos iniciados, hablaba de los suyos.
Contestaba con templanza disfrazando mi rabia y decepción.
En el fondo sabía que tenía mas derecho que nadie a rehacer su vida, nada podía ofrecer. Y de antemano sabíamos que aquella locura era una locura sin resolver.
Pasaban los minutos, que parecían horas eternizadas.
Necesitaba acabar aquel café de cordialidad. En el fondo era un adiós más profundo y el mayor hasta luego pronunciado.
Estaba radiante, más estupendo que nunca. Así que decidí mantener la farsa un poco más. Mantener la calma y la cordura. Y no dejarme llevar por el ímpetu y decirle cuales eran mis sentimientos y que no deseaba perderle.
Sonó el teléfono, inoportuno y oportuno a la vez. Era la excusa perfecta para la desaparecer. Me pareció mi gran actuación. Me disculpé, aludiendo un compromiso surgido de repente. Con una gran sonrisa y un beso en la mejilla me despedí.
Me incitó a quedar otro día, a lo cual respondí un por supuesto. Pero en mi fuero interno sabía que era un por supuesto que no.
Cuando salí del bar me puse a caminar sin poder mirar atrás. Miré el teléfono y buscando los
mensajes que tanto había releído para borrarlos uno por uno, su número también.
Llegué al coche. Sentada ante el volante las lagrimas surgieron inesperadamente y sin poder detenerlas. Sabía el por qué de su aparición. Me dolía ese adiós, adiós definitivo, pues no podría haber una próxima vez. No estaba preparada para una amistad y menos cuando el corazón
sentía algo más.
Era bonito quedar como amigos, pero no cuando una parte
siente y yo sentía demasiadas cosas todavía.
Quedarían los recuerdos, formando parte del olvido, a los que su presencia en mi vida era sometida.
Adiós amigo mío, no habrá nunca un hasta luego.

martes, 6 de marzo de 2012

Volver

Había sido una pesadilla el tiempo transcurrido hasta ese
momento en cual te volví a ver. Tenía veinte mil preguntas en mi cabeza. Donde
has estado? Por qué no me has llamado? Llevo sin saber de ti meses, años. Pensé que habías desaparecido sin dejar rastro.
Te había buscado sin resultado alguno. Todos decían que era un largo viaje.
Pero ni un adiós dejaste dicho.
No quiero reproches. Ni voy a buscar explicaciones. Me basta
con tenerte frente a mi. Necesito besarte, amarte, dejar fluir la pasión que
llevo guardando desde tu adiós sin despedida.
No puede ser un sueño, eres real te puedo tocar, sentir tu piel, tu
olor.
Cuantas cosas que decirte! Cuantas cosas que me llevo
callando! Cuanta falta me hiciste! Cuanto te he querido! Has sido cruel dejándome
pensar que me habías abandonado sin más.
Quiero recuperar el tiempo perdido. El no haber disfrutado de
tu compañía. De nuestras grandes charlas. De nuestros planes aparcados e
inacabados. De nuestro futuro juntos.
Me olvido por un momento de todo, de lo que quise decirte y
nunca pude pronunciar. Me pierdo en tu mirada, me sumerjo en ella y disfruto
nuevamente de ti.
No se necesitan palabras, llegan los sentidos y las
sensaciones. Todo fluye entre nosotros. Tus besos saben como antaño. No puedo
esperar, no quiero que te vuelvas a escapar.
Te subo a casa, te desnudo, examino cada rincón de tu
cuerpo. Eres tú. Tu cicatriz, tu lunar, tu marca… todo esta igual. Te deseo,
necesito sentirte, que sientas mi fuerza. En ese momento se detiene el mundo,
un volcán en erupción y dos cuerpos
fundidos en uno solo ser.
Había deseado, anhelado tanto que esto ocurriera. Han sido
muchas emociones. Pensamientos encontrados. Excitación y un poco de decepción.
Una alegría teñida de tristeza. Superado todo por tu presencia. Finalmente me duermo entre tus brazos.
El teléfono esta
sonando, que suene, ya parará. Lo intento coger. Es el despertador. Me
sobresalto. Miro a mi alrededor. Te busco. La decepción se dibuja en mi cara.
Te has ido de nuevo.
La realidad me
golpea. No estás y nunca volverás. Es
imposible que vuelvas desde el más allá. Pero te cuelas en mis sueños siempre
que quieres, manteniendo vivo tu recuerdo.

domingo, 4 de marzo de 2012

Querer y no poder

No podía besarle. Le miraba y admitía que le quería pero ya
no le amaba. Podía acostarse con el pero no hacer el amor. ¿Cómo había llegado
a esa situación? Era una persona excepcional, cariñoso, amable, inteligente,
gran conversador; el hombre que toda mujer querría, menos ella.
Se había metido en un laberinto sin salida. El la seguía
deseando como el primer día, pero ella no. El seguía recordándole cada día que
la amaba, pero ella no. El seguía
reclamando su presencia, pero ella no. El seguí estando a su lado, pero ella se
distanciaba cada vez más.
Quería dejarlo, dejarlo para que el fuese feliz. Una
felicidad que tenía que encontrar con otra. Sabía que no aceptaría. Cuando se
lo plantease haría cualquier cosa para retenerla.
Llevaba mucho tiempo rondando la idea en su cabeza. Le
miraba y no sentía más que una gran amistad. Era duro. Duro tener que
levantarse cada día a su lado, acostarse cada día a su lado y desear que el de
la cama fuese otro, no él.
A veces se preguntaba si era tan idiota para no percatarse
de su cambio, o si era demasiado listo como para no plantearlo. Ya no sabía que
pensar!
Pasaban los meses, las semanas y los días se estaban
haciendo eternos en aquella prisión de la convivencia. Quería desearlo, quería
verle y acosarlo, quería echarse encima y follarle, quería, quería lo que no
podía. Eso era; no podía. Sabía que se había acabado. Lo que no sabía era como
zanjar su conflicto.
Decidió que fuese él. Que él decidiera dar por terminada la
relación. Aquello era peor. El seguía en su estado de relación perfecta, mujer
perfecta, casa perfecta, …., todo perfecto. ¿Qué perfecto ni que tontería? Eso
era lo que le apetecía chillar. Bueno, eso y ¡Tu no te enteras, chaval!. El
miedo a hacerle daño la detenía. Un miedo que también era por el que dirán. Un
lío tenía montado y tenía que deshacerlo de una vez.
Decidió que el tiempo daría la solución más tarde o más
temprano, que fuese más temprano que tarde pensaba. No iba a hacer nada, estaba
demasiado cansada de pensar.
El la buscó como cada día. Un rechazo inicial por parte de
ella, pero como ya estaba resignada terminó accediendo a sus pretensiones. Le
dejó acariciarla, sentir su cuerpo, pero no quería besarlo. Finalmente le
folló, el mejor polvo en tiempos, según él. Según ella, uno más. Cuando terminó
la abrazó, ella sutilmente se escabulló hacía el cuarto de baño.
En aquella soledad empezaron a recorrer por sus mejillas las
lágrimas que tanto había guardado. Intentaba detenerlas, brotaban de forma
irremediable. Sabía que eso era el fin.
Entró en la habitación y con una tranquilidad que ella misma
desconocía tener le dijo que tenían que hablar. Parecía no enterarse de lo que
pasaba. Ella continúo con un discurso
tantas veces había ensayado en silencio. “Lo siento, Te quiero, te
quiero mucho, pero no de la forma que tu quieres que te quiera” Se miraron y el
no dijo nada. Simplemente cerró los ojos y se volvió hacia la pared.
Ella quería abrazarlo, quería consolarlo, quería que no
sufriera. Ella quería, quería desaparecer y empezar de nuevo lejos de allí. Se
había confirmado, se puede querer y no amar, se puede querer y no desear y sino
se desea es mejor dejarlo pasar.